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Como Agua y Aceite

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 COMO AGUA Y ACEITE.  

                                                                                                                Dedicado a:
Don Justiniano Álvarez
 
Don Ascencio Gaspar
 
Don Cecilio Mamaní
 
A todos aquellos abuelos quebradeños que,
en algún momento, me dejaron sus enseñanzas.
          

1. INTRODUCCION.

Nunca, jamás, occidentales y americanos seremos iguales. Y no me refiero a que unos sean altos, rubios, “lindos y buenos” y los otros bajos, morochos, “malos y feos”… No, ironías aparte, me refiero a algo mucho más profundo, a algo que no acepta mezcla de ningún tipo, a algo que, indudablemente,  empezó hace mucho tiempo atrás…

 

2. PRIMER ACLARACIÓN.

Voy a tratar de comentar un poco el tema. No soy antropólogo, arqueólogo, teólogo ni filósofo: para algunas cosas he recurrido a bibliografía de quienes (desde un mayor conocimiento académico) han encarado el tema, pero buena parte de las líneas  que siguen están inspiradas en un prolongado contacto con los abuelos de la Quebrada de Humahuaca, los que, a modo de auténticos Maestros, me dejaron una pequeña parte de sus conocimientos, aunque (por razones de estructura y entendimiento) voy a volcarlos con mis palabras, ya que me siento incapaz de utilizar las bellas y profundas imágenes que ellos utilizaron…

 

3. LA IMPORTANCIA DEL HOMBRE.

Para entender la Cosmovisión Andina tendremos que caer en comparaciones (odiosas, pero necesarias)  con su similar occidental.

EL occidental se considera creado a “imagen y semejanza de Dios”, lo que (sumado a otras ideas que veremos más abajo), lo coloca en un plano superior al del resto de los seres animados e “inanimados”. El Hombre Andino, en cambio, se encuentra en una posición horizontal con respecto del resto de lo creado: cada uno (hombre, animal, planta o piedra…) tiene una función que cumplir… y en el cumplimiento de esa función está la verdadera importancia de todos los seres. Si el hombre no cumple con sus funciones de hombre, su importancia será menor que la de la más pequeña de las plantas.

¿Cuál es la función del hombre? Pues ni mas ni menos que la de  perpetuar la vida , con el agregado (por su condición de ser racional) de actuar como guardián de la misma.

 

4. EL EQUILIBRIO.

 Para el Andino, la vida sólo puede desarrollarse en un equilibrio entre cosas que (desde una concepción occidental) pueden parecer opuestas, pero que (en la mente andina) son complementarias: lo masculino y lo femenino, el frío y el calor, la estación de lluvias y la estación seca, el día y la noche, etc. etc. No hay cosas buenas ni malas: la lluvia es buena… si llega en el momento y la cantidad adecuada (si llueve demasiado se pudren las plantas o se desmoronan los cerros); la helada es necesaria en invierno (para que mate los gusanos que están bajo tierra y para que haga “dormir” a los árboles frutales), pero nefasta en verano cuando el maíz está crecido; el viento puede ser molesto y frío, pero es el que trae oxígeno y humedad…

Pero (siempre hay un pero…), a diferencia de lo que sucede con los otros seres de la creación, donde el equilibrio se da en una forma natural, el hombre (que ya no responde a los instintos naturales sino a su pensamiento) es el único que puede romper concientemente este equilibrio.

 Es por eso que, por un lado, todos sus actos están “ritualizados”: cada cosa se hace de una forma determinada y  en una época determinada (que corresponde con el estado de equilibrio de la Naturaleza en ese momento). Por otro, se considera  que nada de lo que sucede a nuestro alrededor es casual, sino que todo es producto de un determinado momento de ese equilibrio: por eso el hombre está atento a todo lo que sucede a su alrededor, ya que no son hechos arbitrarios sino “señales” que nos da la Pachamama (señales que debemos tener la capacidad de interpretar para poder adaptarnos a ese estado de equilibrio y no romperlo). Así nos encontramos   muchas cosas que (desde la percepción occidental) aparecen como absurdas supersticiones y  tienen, en el fondo, una justificación  si consideramos al mundo como un todo energéticamente vivo y relacionado.

 

5. “EFECTO BOOMERANG”

En esta interrelación del hombre con su entorno, se dan una serie de influencias mutuas: cada acto del hombre posee una carga energética que modifica lo que lo rodea… y le vuelve (insisto en que esto está dicho con mis palabras, para poder simplificar y entender un “mensaje” – o “enseñanza”- que se daba con imágenes). En otras palabras: si hacemos cosas buenas nos “volverán” (o sucederán, si prefieren usar otra palabra…)  cosas buenas y si  hacemos cosas malas nos “volverán” cosas malas. Es por eso que los lugareños cuidan mucho sus actitudes, porque si rompen ese equilibrio (ya sea porque engañan, roban, matan, mienten, etc. etc.) se viene el castigo… un castigo que es en el Aquí y Ahora y no en un difuso, teórico y eventual Infierno al que iremos después de morir (del que, dicho sea de paso, podemos salvarnos gracias a alguna oportuna confesión con el “tata cura”…). Todo, absolutamente TODO, lo que nos pasa es nuestra responsabilidad, y cuando algo sucede, el hombre no busca culpas externas, sino que revisa sus actos para ver en que falló. Es frecuente, ante una “desgracia” o catástrofe,  escuchar frases como “habría que ver porque pasó…”, que son el perfecto resumen de todo este pensamiento.

 Pero, también, muchas veces escuchamos “así tenía que ser…” o “así lo quiso Dios…”, que nos pueden llevar a una equivocada percepción de que existe una idea fatalista de la vida. Nada más alejado de esto: el fatalismo implica un destino escrito que no puede ser modificado por el libre albedrío del hombre, cuando aquí es todo lo contrario. Las frases  “así tenía que ser…” o  “así lo quiso Dios…” dejan implícita la idea de que hubo un acto previo que  originó ese “castigo”. Lo que puede parecer, desde afuera, una fría indiferencia ante los hechos es, en la realidad, una activa búsqueda interior de las causas del mismo.

Muchos de los turistas que visitan la Quebrada de Humahuaca se maravillan de que los vendedores de artículos regionales no los persiguen ofertando sus productos, o que reaccionan con cierta apatía ante las preguntas de los potenciales compradores. Me parece que este es un ejemplo (fácilmente visible) de lo que decíamos recién: la venta no depende de la oferta (ni de “lo lindo” que expongamos la mercadería, ni de los precios, ni de lo simpático  que es el vendedor), sino que es la consecuencia de un montón de pequeños actos previos que realizamos, a cada instante,  en nuestra vida cotidiana.

 

6. EL HOMBRE FRENTE AL COSMOS.

Aquí tenemos que volver a las comparaciones que marcan las enormes e insalvables diferencias del occidental y el andino.

Sin tener noción de que estaba creando un nuevo ciclo en la Historia, alguien puso, alguna vez, estas palabras en boca de su dios: “…y henchid la tierra, y SOJUZGADLA, y SEÑOREAD en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Génesis, I-28, el remarcado es mío).

Como si esto fuera poco, este hombre, con mandato para “sojuzgar” la tierra y “señorear” sobre todo lo viviente [1], había sido creado, un poco antes (y tal como dijimos al principio), “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis I-26 y I-27). Aparece así una figura de increíble dimensión: no estamos frente a una criatura más, una de las tantas que aparecen; estamos, ni más ni menos, frente…¡AL  REY DE LA CREACIÓN!

¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? ¿Un fragmento mitológico formó un determinado hombre o un determinado hombre creó una cosmovisión a su gusto? Difícil de saberlo… por lo menos para mi (y creo que sería demasiado largo, engorroso e intelectual entrar en el tema).

El hecho es que el occidental (o europeo, o blanco, o como quiera llamarle) adopta la religión de un humilde (¿humilde?... ¡quizás no tanto!) pueblo de pastores del desierto y, poco a poco, teoría tras teoría, va afianzando esa idea de hombre superior, situado en la cúspide de una supuesta pirámide de la evolución.

Dueño de todo (por decisión divina), lleno de soberbia (por ser igualito a Dios), el occidental mira con indiferencia todo aquello  “que le pertenece”: explota la tierra sin miramientos ni consideración, arrasa la vida, modifica la geografía sin pensar en las consecuencias y se desconecta del cosmos… que está lejano, pero igual puede llegar a ser posesión suya.

Si cruzamos el océano hacia el Este, encontramos una América Aborigen con aspectos totalmente opuestos: el Hombre es formado por DIOSES SECUNDARIOS en un mundo ya existente (creado por un dios –o pareja de dioses- del que apenas hay vagos recuerdos), pero, generalmente,  EN GRUPOS O PAREJAS. De la acción de estos dioses (mas “ordenadores” que creadores), los hombres surgen, simbólicamente, de piedras, árboles o lagunas (forma de mostrar, también simbólicamente, su hermandad con la Naturaleza). Hay, entonces, un sentimiento de igualdad con el resto de la creación: son parte del Cosmos, hijos de la “Tierra”, “hermanos” del Mundo.

Esta concepción genera una sacralización de todo lo existente, un respeto a la vida, una idea de pertenencia del Hombre a la Tierra y un sentimiento de responsabilidad cósmica (que se origina en nuestra capacidad pensante y se manifiesta en todos los rituales… aún en lo que aparentan ser simples fiestas orgiásticas desconectadas de sentido religioso) [2]. Influido, también, por la imponente geografía que lo rodea, el Americano es conciente de su pequeñez y adopta una posición humilde frente a lo que no puede dominar (como dirían los abuelos quebradeños: “a la Naturaleza no se la puede dominar… hay que observarla, entenderla y acompañarla”).

   

7. LA ACCION.

Como hemos visto, de cada lado del mar encontramos distintas posturas del Hombre.

Desde su (para él…) encumbrado sitial, con su sensación de superioridad y su egocentrismo, el occidental trata de imponerse al mundo que lo rodea (el “afuera”), altera el mundo y lo explota en su beneficio (sin importarle las consecuencias). Para lograr su objetivo se apoya en la técnica (que le permite disimular su pequeñez y acrecienta su individualismo).

Comprendiendo la imposibilidad (y lo absurdo) de vencer al mundo en que se sitúa, el americano busca las soluciones dentro mismo del hombre, encontrando las respuestas a sus problemas en un equilibrio interior que, a su vez, equilibre el resto del Universo. En este caso, la técnica (que existe y, en muchos casos, fue mucho más elevada que la que trajeron los conquistadores…) es sólo una ayuda para mantener ese equilibrio y no una forma de imponerse.

Vamos con un rápido ejemplo: ante el desborde de un río uno construirá defensas (que, a la larga o a la corta el río se llevará), mientras que el otro ofrendará y pedirá a la Pacha que mantenga quietas las aguas. Pero hay mas: uno (que se guía por el momento y buscando su placer o comodidad personal) habrá construido su casa cerca del río, mientras que el otro (que observa los ciclos) lo habrá hecho en lo alto… Esta última observación es interesante, ya que a partir de la llegada de los españoles hubo un cambio drástico en la urbanización andina: antes las ciudades se edificaban en lo alto y los sitios bajos (cercanos a los ríos y expuestos a inundaciones) se utilizaban como campos de cultivo. A partir de la conquista muchas ciudades se edifican en los lugares bajos (más “cómodos” para vivir, con el agua cerca y la posibilidad de tener jardines y huertas en las casas)… ciudades que, con el correr del tiempo, muchas veces han quedado bajo el nivel del lecho del río, sobreviviendo únicamente gracias a defensas que deben ser aumentadas año tras año (en la Quebrada de Humahuaca, el pueblo de Maimará o las zonas bajas de Tilcara y Purmamarca son un clarísimo ejemplo de ello).

 

8. EL RITUAL.

Decíamos, un poco mas arriba, que los dioses andinos eran más “ordenadores” que creadores (esto aparece bien claro en casi todos los mitos andinos de la creación del hombre). Ellos transitan un mundo caótico (desequilibrado) dónde la vida es imposible: su misión es lograr el orden (o equilibrio) necesario para la misma.

Después de marchados los dioses, esta misión equilibradora queda en manos del hombre: de allí los distintos rituales que se realizan a lo largo del año en momentos claves de transición, donde el mundo puede desequilibrarse (se “alimenta” a la Tierra en agosto, se “recibe” a las almas de los muertos en noviembre, se festeja en el Carnaval…). Pero este equilibrio puede romperse en cualquier momento, por lo que el Hombre Andino tiene muy pautado su accionar (digo pautado, pero bien podría decirse ritualizado): todas sus acciones se hacen de una forma determinada en una época determinada. Es así que (más allá de los pequeños ciclos cotidianos) encontramos dos grandes momentos del año: Invierno y Verano, donde hay trabajos específicos que se realizan en cada uno o música e instrumentos que se tocan en ellos. Vaya un ejemplo en el que hacían mucho hincapié los abuelos quebradeños: tocar un carnavalito en julio es romper el equilibrio, ya que es un momento de descanso de la Tierra y el hombre debe adaptarse al mismo… el carnavalito debe tocarse, únicamente, en Carnaval.

Desde esta óptica, CADA ACTO DEL HOMBRE ES RITUAL, porque es una forma de mantener el equilibrio y, con ese equilibrio, la vida. No existe, como para el occidental, una separación entre lo sagrado (ir a la iglesia, por ejemplo)  y lo profano (el trabajo): TODO LO QUE SE HACE TIENE UN VALOR SAGRADO. [3]

  

9. FRENTE AL CAOS.

Sin ánimo de complicarme la vida con vocabularios específicos (filosóficos, sicológicos, simbólicos, etc.) llamo “caos” a todo aquello que dificulta la vida del hombre (hambre, muerte, robos, sequías, heladas, inundaciones, invasiones), a los aspectos “negativos” del Universo, a lo no-ordenado, a lo que lo supera…a todo aquello que le produce miedo.

¿Cómo se enfrenta el occidental a ese caos que, como a todo hombre, lo aterra (porque – como diría Rodolfo Kusch- “llevamos adentro, muy escondido, lo mismo que lleva el indio”)? Ante la imposibilidad cierta de dominarlo, y siempre intentando la solución “hacia fuera”, trata de aislarlo (aislándose…) para sentir una sensación de seguridad sin la que no puede vivir.

 Aquí alguno esbozará una sonrisita y pensará que exagero, que somos ”evolucionados y civilizados”, que esas cosas quedan para los “salvajes”.  Pensemos, por un instante, en ese hombre primitivo, que, resguardado en su caverna, temblaba ante la caída de un rayo o del granizo: ¿no sentimos un ligero temblor cuando sentimos caer un rayo (a pesar de que nuestra intelectualidad nos dice que ya no hay peligro…)? ¿No sentimos temor ante la posibilidad de quedarnos sin trabajo (el equivalente al temor de quedarse sin comida), o cuando alguien camina detrás nuestro por la noche en una calle solitaria (el equivalente a ser acechado por un predador)? ¿No son reminiscencias de temores ancestrales que creemos desaparecidos? Nuestro barniz de civilización es muy, pero muy leve: quizás menos de doscientos años que no alcanzan a borrar marcas que ha mantenido el hombre durante unos cinco millones (y conste que digo doscientos años por no entrar en polémica, porque, a nivel popular, hasta hace unos cincuenta años estábamos, en este sentido,  más cerca de los primates que del “hombre científico”… je, je, je).

Volvamos a lo nuestro: es así que, ante estos temores y progresivamente, se abandona el campo (que es “incómodo” y donde se está solitario a merced de todos los ataques: fuerzas de la Naturaleza, hombres, bestias, inundaciones o sequías…) para buscar, en las  ciudades, la protección de la multitud. Pero eso no alcanza: el caos también está en el interior de la ciudad y hay que crear leyes y policía que las haga cumplir. Pero no hay policía que impida la enfermedad o la muerte: hay que crear los servicios sociales y los seguros de vida. ¡No es suficiente!: afuera (y ahora el “afuera” es la propia ciudad) es todo agresivo, hostil, amenazante… Por eso hay que seguir asilándose, ahora en la propia casa (último reducto que nos protege del “caos”), por lo que el occidental va cargándose de objetos que, a modo de nueva muralla, lo separan de  ese mundo exterior [4], donde existe el riesgo de que lo roben o patoteen en la calle, pero,  también ,puede  mojarse o sentir frío o sufrir un embotellamiento o…

Poco a poco, nuestro soberbio “Rey de la Creación” se ha convertido en un caracol, que se refugia en un caparazón que es cada  vez más grueso gracias a muebles, estufas, cuadros, posters, cortinas… Pero (¡hombre desgraciado!) no se puede vivir eternamente encerrado: hay que enfrentar el mundo (salir a la calle, trabajar – con la posibilidad de quedarse sin empleo-, contagiarse SIDA accidentalmente, que le choquen el auto, que le metan los cuernos…) ¡Mejor no pensar!: llegan el televisor, el video, la computadora personal, la salvadora Internet (“salvadora” porque nos permite conectarnos con el mundo sin salir de casa…).

¿Se ha librado nuestro pobre occidental del caos? No, simplemente ha negado su existencia, ha tratadote olvidarlo interponiendo una barrera de objetos, en lo que se ha dado en llamar una “verdad inestable” [5], porque en cualquier momento puede producirse una grieta por donde penetre el caos, y entonces es la gran decepción y la furia contra los otros (la policía que no captura a los ladrones, los jueces que no hacen cumplir las leyes, los políticos que roban, el patrón que ascendió a otro…), porque nunca reconocerá que el equivocado es él, que el mundo material que creó es impresionante… pero terriblemente frágil.

En una postura mucho más simple, el aborigen ACEPTA la existencia del caos: lo material es meramente funcional, ya que basta buscar el equilibrio interior (mediante el ritual y la purificación) para conseguir el exterior. Si este no se consigue, es “adentro” donde algo no está en orden y  hay que corregir [6]. ). Incluso, dentro de este tema, tenemos un interesante ejemplo en los campesinos quebradeños, que dicen que ellos no son los dueños del campo, QUE ELLOS SOLO TIENEN LOS TITULOS DE PROPIEDAD, pero que la VERDADERA DUEÑA es la Pachamama… que puede quitarlo cuando lo crea justo.

Volvamos al ejemplo del punto 7: si, a pesar de todo el “trabajo interior”, el río crece y se lleva casa y sembrados, para el aborigen es señal que no fueron suficientes los ayunos u ofrendas, o que el afectado, de alguna manera, ha quebrantado las reglas de los dioses o la Naturaleza (que, en la práctica, son una misma cosa…). El occidental, en cambio, culpará al intendente, al gobernador, al presidente, a Perón, a Dios o al Diablo, a la Suerte o al Destino…  pero siempre, invariablemente, la culpa estará afuera (aunque sea claro que los errores sean propios).

   

10. NUEVA ACLARACION.

A simple vista, todo esto parece una intelectualización propia de una charla de café. Pero deja de serlo cuando empezamos a mirar con ojos un poco más críticos situaciones que aceptamos como normales.

Volvamos a nuestro cavernícola: se sentía seguro y protegido dentro de su cueva, mientras que afuera estaba todo el peligro y la acechanza. El occidental ha ido creando “cuevas” donde se refugia y se siente protegido: la primera es su casa, después está el barrio, los clubes, las ciudades, las provincias, el país, el continente y, finalmente, el planeta. También afuera de cada una de estas cuevas está el peligro (mas imaginario que real en la mayoría de los casos): el vecino, los del otro barrio, los del otro club, las otras provincias, los otros países, los otros continentes y, finalmente, la amenaza global: ¡los extraterrestres!

¿Cuál es la diferencia con el hombre primitivo? ¡Qué tenemos muchas cuevas en lugar de una sola! Y, lo terrible, es que vivimos constantemente a la defensiva, sin sentirnos seguros en ningún lado, lo que genera una situación de constante enfrentamiento (intelectualizado en algunos casos, pero en muchos llevado al plano físico: guerras, peleas entre hinchadas de fútbol, entre distintos colegios, agresiones a otros conductores,  etc. etc. etc.). Siempre lo que está más allá de alguna de nuestras “cuevas” genera temor.

Esto lo aprovechan muy bien las películas norteamericanas (¿sólo para vender o para justificar actitudes que adoptan a nivel país?), donde siempre hubo algún enemigo “distinto”: los pieles rojas, los alemanes y japoneses, los negros (a los que ahora se acepta como “iguales”), los latinos y, finalmente, los musulmanes (entre los que hay algunos “buenitos”, pero en su mayoría son sospechosos de terroristas y, por lo tanto,  la manifestación del terrible peligro de lo que está oculto –tal como un león escondido entre la vegetación presto a atacarnos-). Lógicamente, los extraterrestres tampoco se salvan de ser “enemigos”…

Como vemos, el “caos” convive permanentemente con nosotros: en la calle, el trabajo, en el televisor… (debo repetirlo: “llevamos adentro, muy escondido, lo mismo que lleva el indio”).

 

10. OBJETIVOS DE VIDA.

Obviamente, si el occidental se siente más protegido cuanto más cosas tiene, su objetivo de vida será TENER.

De allí surgen posturas como la necesidad de “ser alguien” (se “es alguien” cuando superamos a los otros en nivel económico o reconocimiento), o de trascender en la vida a través de los bienes que dejamos a los hijos (con la consiguiente frustración cuando “el nene” no quiere saber nada con la empresa o el campo “de papá”).

Pienso que, únicamente desde esta posición , podemos comprender el tremendo individualismo occidental y la economía leonina que adopta. Sólo así, viéndolo como un pobre ser temeroso (e ignorante de su temor) ante un mundo amenazador, podemos comprenderlo, aunque no lo justifiquemos…

Mientras busca su equilibrio interior, el americano se conforma con ESTAR en la vida. ¿Para qué? Para poder ayudar a equilibrar ese Cosmos al que pertenece, permitiendo la continuidad de la vida y el cumplimiento de inconmensurables ciclos cósmicos, que quizás escapen a su mente, pero que existen y de los que él participa activamente, convirtiéndose en un engranaje indispensable del Universo… tan indispensable como cualquiera de los otros.

Inmerso en ese “estar en la vida”, el americano deja de ser un individuo preocupado sólo por si mismo, para vivir en función de una pertenencia (a su ayllu, a su nación, a su planeta, al Cosmos) y de una interrelación directa con el mundo que lo rodea [7]. Encuentra su realización no en lo personal, sino en algo mucho más amplio que lo excede totalmente: el funcionamiento del Cosmos.

Y es aquí donde encontramos la gran paradoja de este pequeño análisis: mientras dejamos al orgulloso occidental temblando de miedo y levantando murallas de objetos frente al mundo que lo aterra, encontramos al humilde americano considerándose capaz de influir en el Cosmos con sus actividades y trabajando en función de la continuidad de la vida. ¿Cuál es, ahora, el que tiene más “semejanza divina”…?

 

11. COMO AGUA Y ACEITE.

Decíamos al comienzo que nunca, jamás, europeos y americanos seremos iguales. Hemos visto que se trata de dos concepciones de vida diametralmente opuestas. Estas concepciones no admiten mezclas: o se es una cosa o la otra, pero NUNCA ambas al mismo tiempo… COMO AGUA Y ACEITE.

    

NOTAS:

 

[1]Según mi diccionario:

    - SEÑOREAR: “Dominar o mandar/Apoderarse de una cosa/Estar una cosa es situación                                          superior o en lugar más alto que otra, como dominándola”

    - SOJUZGAR: “Sujetar, dominar, mandar imperiosamente”

[2] Como decíamos más arriba: se considera que los actos humanos repercuten en el Cosmos, de la misma forma que los hechos cósmicos en lo humano (de allí la famosa frase: “lo que sucede arriba sucede, también, abajo”). Es por eso que no se mata innecesariamente y se respeta cualquier tipo de vida y a la tierra se la venera, se la cuida y no se la trabaja con criterio de EXPLOTACIÓN sino de APROVECHAMIENTO. Es interesante analizar el fenómeno de la siembra: tradicionalmente, en cada hoyo se ponen tres semillas… una para el gusano, otra para el pájaro y otra para el hombre (¿no es más económico, práctico, sano y armónico que las fumigaciones pre-siembra?).

[3] Como dato un poco al margen, pero no alejado de la idea que estamos desarrollando, es interesante comentar que en la religiosidad andina no es necesario un templo ni un intermediario (sacerdote) entre el hombre y la divinidad: cada persona realiza sus propias ceremonias y se comunica directamente con la Pachamama en cualquier momento y lugar, con lo que la religión no es “oficial” ni sirve a ningún grupo de poder.

[4] Cuando [el objeto] “más grande y complicado sea, tanto mayor será la dimensión de ese miedo” (Rodolfo Kusch – América Profunda – pag. 133)

[5] Rodolfo Kusch – América Profunda – pag. 101

[6] Puede parecer una postura ridícula, pero es el exacto equivalente a nuestro actual: “vos andá con `buena onda´ y vas a ver que las cosas te salen bien”.

[7]Comprendemos así la solidaridad del trabajo compartido o la enorme tenacidad y el esfuerzo requeridos para vivir en una tierra que parece incapaz de entregar una sola semilla… pero que las da.

  

ACLARACION FINAL FUERA DE TEXTO.

No he tratado de hacer una exégesis bíblica (me limité a consultar un ejemplar cualquiera y a buscar palabras en mi diccionario, de acuerdo a las traducciones actuales y desconociendo totalmente las palabras originales y el contexto en que fueron escritas, porque pienso que lo importante es el sentido que se le fue dando a las mismas  independientemente del que pudieron haber tenido), ni tampoco una crítica religiosa (las religiones son distintos caminos que conducen a Dios, diría Gandhi… compartiendo opiniones con los abuelos quebradeños).

No era esa mi intención, ni, menos aún, presuponer “errores” o “pruebas” de Dios. Simplemente quise mostrar las no muy evidentes, pero si profundas y fundamentales, diferencias entre dos cosmovisiones. Y lo hice  porque creo que entendiendo al “otro” (a ese que no sólo por su aspecto sino también por sus reacciones vemos “distinto”) y entendiéndonos a nosotros mismos, poco a poco podemos ir borrando las barreras y los temores  que nos separan como seres humanos… barreras y temores que son causa (o al menos excusa) para que las guerras y el hambre sean los verdaderos dueños del planeta…

  

                                                                        TILCARA/junio 1995 – enero 2008

    

  

BIBLIOGRAFÍA:

 

Si bien la primera parte de este trabajo está inspirada en lo que me contaron los abuelos quebradeños, a partir del punto 9 utilicé algunos conceptos que Rodolfo KUSCH desarrollara con amplitud  en “AMERICA PROFUNDA”, donde también profundiza en las concepciones del “Ser” y el “Estar”  (en este caso, las citas corresponden a la edición de Editorial Bonum S.A.C.I. – Buenos Aires – 1975). También son muy esclarecedores otros textos de este autor (pero, preferentemente, es conveniente recurrir a ellos luego de haber leído “América Profunda”, para facilitar la comprensión). Fuera de los conceptos citados, las opiniones que aparecen en este trabajo corren por mi exclusiva responsabilidad.

También fue muy importante la lectura de “PERSPECTIVAS. Una introducción a la Antropología Filosófica”  de Rubén VASCONI (U.N.R. Editora – Rosario – 1993), donde aparece muy claramente explicada la evolución (¿o involución…?) del pensamiento occidental a través de los filósofos más trascendentes. Al profesor Vasconi, mi mayor agradecimiento por haberme acercado ese material.

En relación a los mitos andinos de creación, están relatados en muchos de los cronistas españoles (hay que tener siempre presente que han pasado por el “filtro” que imponía la época y por pertenecer el escritor a una sociedad totalmente diferente e ignorante de lo andino), como así también en muchos trabajos antropológicos.

La idea del ritual como equilibrador del mundo (aunque no para contextos americanos) fue tratada por Mircea ELIADE en “EL MITO DEL ETERNO RETORNO”, del que existen muchas ediciones.

FOTOGRAFÍA:
           

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

Actualizado ( Martes, 05 de Mayo de 2009 11:32 )