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La Puna

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 "La impresión que produce la Puna en el viajero es tan extraña que no se la creería real. Uno se siente alejado de la tierra; casi parece que se atraviesa, al paso lento de la mula extenuada, un país lunar. La desnudez de esta naturaleza es horrorosa: se transforma todo en sombrío, taciturno; no se ríe ya; se tiene el pecho atenazado por este aire respirable apenas."

Las palabras no son mías: son del sueco Eric Boman, extraña mezcla de aventurero y arqueólogo aficionado que recorriera la Puna en 1903 y 1904,
acompañando misiones científicas europeas.

Cien años después, las condiciones son distintas: no transitamos la Puna en lentas mulas extenuadas, sino en confortables y veloces vehículos que hacen en pocas horas lo que antes llevaba semanas, tenemos algunos cómodos alojamientos para pasar las frías noches puneñas y los lugareños ya no se muestran hostiles al paso de los viajeros. Estos cambios convirtieron a la región en un interesante recorrido para el turista: lo que antes era, desde la europea concepción de Boman, casi un suplicio, es para muchos un aliciente .porque hoy, con una vida urbana caótica y enloquecedora, la Puna se presenta como un remanso para los sentidos.

Los que recorremos la Puna sabemos que no es tan sola su soledad: los largos kilómetros donde el paisaje nos lleva a la introspección y al silencio son interrumpidos por algún rebaño de llamas cuidadas desde lejos por su pastor, los ojos profundos de las vicuñas nos vigilan desde las vegas, un lugareño pedalea en su vieja bicicleta con rumbo desconocido, una lejana mancha blanca nos dice que allí hay una capilla y, tal vez, un caserío.
Son, precisamente, esas casas perdidas en la lejanía y cientos de caminos que cruzan el paisaje en todas direcciones, quienes nos recuerdan la presencia constante del hombre en medio de una naturaleza que a primera vista se presenta desnuda. ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿Qué hacen aquí, donde aparentemente es imposible vivir? Mas allá de nuestro vehículo, una cultura ancestral está esperando que la descubramos.

Pero si la Puna nos impacta durante el día, su mayor encanto aparece por las noches, cuando sentimos las estrellas al alcance de nuestras manos, cuando transitamos las silenciosas calles de Yavi acompañados por los lejanos ladridos de un perro solitario, cuando nos rodeamos de la helada quietud altiplánica en Alfarcito de la Puna, cuando cruzamos la deslumbrante blancura de los salares bajo la Luna llena. Es entonces cuando el paisaje, además de bello, se torna irreal y se puebla de fantasmas: Pantaleón Tabarcachi enfrentado a los toros en Casabindo, Diego de Almagro avanzando hacia el Sur ante la mirada asombrada de los aborígenes, los incas ofrendando desde la altura increíble de sus santuarios, el mismo Boman como una negra sombra en el paisaje, antiguos cazadores al acecho de vicuñas, anónimos mineros dejando su vida en los socavones: presencias que nos acompañan y nos cuentan una historia terrible y milenaria. Presencias que están… aunque nuestra occidentalidad no nos permita creer en ellas.

La Puna merece que abandonemos los miedos ciudadanos (la altura, el clima, la soledad, las distancias.) y la visitemos, pero siempre conscientes de que, mas allá de la letra fría de los papeles, sus auténticos dueños son esos hombres callados, de piel cobriza y ojos rasgados, poseedores de una sabiduría infinita, de los que mucho podemos aprender y a los que debemos respetar, porque, mas allá nuestras poderosísimas camionetas y nuestras cámaras digitales, sólo somos extraños en este paisaje que tanto horrorizó a los viajeros del pasado.

  






           

         

           

 

 

Oscar Branchesi - Tilcara - Jujuy
                         
Actualizado ( Miércoles, 18 de Febrero de 2009 21:46 )