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En la Quebrada de Humahuaca y en la Puna Jujeña hay lugares y Mujeres (si, con mayúscula… no es un error tipográfico) muy especiales. Voy contarles de algunos de ellos y algunas de ellas, pero para eso tengo que hacer un poquito de Historia… La llegada del ferrocarril a La Quiaca en 1907 produjo un colapso en la economía de la región. Es el comienzo de una era marcada por cambios que terminan con una vida que, si bien era dura, daba al hombre andino la tranquilidad de tener sus necesidades satisfechas: la llegada de nuevos productos y del dinero desestructuran una larga tradición de trueque entre los pobladores locales. Obligados a conseguir dinero, los hombres deben "salir a trabajar" (según una expresión local, ya sea temporariamente, como "golondrinas" o en forma permanente) y las mujeres deben ocuparse de las tareas campesinas que antes realizaban sus esposos. Por otro lado, por esos tiempos se profundiza el desprecio hacia los aborígenes y su cultura que se daba desde los tiempos de la Colonia: para una Argentina que mira hacia Europa, estos habitantes de piel cobriza representan algo así como una mancha que hay que ocultar y, de ser posible, borrar. Desde una escuela concebida en Buenos Aires, se persigue el quechua, se implementan programas donde el propio suelo es ignorado y su cultura despreciada, se menosprecia a los padres llenando a los niños de vergüenza y se cuenta la Historia a la manera de los vencedores. Los sufridos habitantes norteños pasan a ser los "coyas patasucias", los "cabecitas negras", los "negros de ……" y otros apelativos similares. Despojados de sus tierras, ajenos en su propio suelo, despreciados y avergonzados de ser lo que son, los antiguos dueños de las tierras llegan al siglo XXI en una posición totalmente marginal, con sus producciones tradicionales sin un valor comercial significativo, necesitados de un dinero que la sociedad globalizada demanda constantemente y con urgencias cada vez mayores. Sin presente ni futuro, el alcohol hace presa de muchos de ellos, pero otros todavía luchan y buscan una salida digna para su vida y la de sus hijos. Dentro de estos últimos, hay algunas familias que, a pesar de su modo de ser solitario y retraído, están comenzando a recibir a turistas como una forma de aumentar los ingresos familiares. Esta tarea está a cargo, generalmente, de las mujeres, que son las que permanecen en sus casas mientras sus hombres están trabajando. Visitarlas es mucho más que dejarles un aporte económico, es, también, mostrar un interés hacia su cultura y su forma de vida, decirles que nos interesan como seres humanos y contribuir a que sus conocimientos, que se transmiten de forma oral, continúen vigentes en una era y un mundo donde lo único que parece importar es lo material. Voy a comentarles, brevemente, de algunas de ellas. Mujeres (repito, con mayúsculas…) que a veces visito con pasajeros interesados en el hombre andino y su cultura. Mujeres que son amigas, pero que también son una muestra de que todavía hay gente que lucha por llevar una vida digna y por mantener el orgullo por el trabajo que le transmitieron sus mayores… Hornaditas es una comunidad aborigen de familias dispersas, situada a unos 15 km. al Norte de Humahuaca. Sus principales atractivos turísticos son la presencia del cardón mas grande y antiguo de la Quebrada y petroglifos precolombinos en sus cercanías. Hay señalización al costado de la ruta que indica la entrada a la comunidad. Lo primero que vemos es su pequeña capilla de torres gemelas. Detrás de la capilla, vive Doña Miriam Puca, que cuenta viejas historias de Hornaditas y relata cosas de la vida cotidiana… relatos donde a veces se intercala una copla cantada con los tonos tan particulares de nuestras mujeres norteñas. Cuando la crianza de sus hijos lo permite, teje y elabora riquísimos quesos de cabra. En verano se encarga de los sembrados que servirán para proveerles comida por todo el año. Para encontrar a Doña Mauricia Lamas hay que tomar el pequeño camino que está sobre la izquierda, apenas llegamos al descampado que sirve como plaza antes de la capilla. Alguna vez la busco y me dicen "está juntando leña, allá en el monte de churquis"… camino largo rato, subo y bajo morros, trato de escuchar el sonido del machete y no la encuentro, solo encuentro la soledad y el silencio puneños. Al rato llega, con su carga de leña a la espalda y le pregunto "¿por dónde andaba?" y me señala algún punto lejano (muy lejano) y se ríe como diciendo "seguro que por allí no me buscó", mientras pienso que aquí no hay "delivery de leña"… ni de nada. Doña Mauricia tiene excelentes tejidos, pero es algo más tímida en la relación con los extraños: disfraza esa timidez con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza, mientras a su alrededor se escuchan balar las cabras, las gallinas arman alboroto y los conejos nos miran, tranquilos, desde sus jaulas. Yavi está situado a 15 km. al Este de La Quiaca. Antigua sede del Marquesado de Tojo y portador de una historia particular vinculada al mismo, fue uno de los pueblos más afectados por la llegada del ferrocarril: convertido en pueblo casi fantasma jamás recupero su antiguo esplendor. Se accede por ruta pavimentada. Tiene mucho para ver: su iglesia con los altares más importantes de la región, la Casa del Marqués, pictografías y petroglifos en sus alrededores y sus calles solitarias donde el color de los adobes resalta contra un cielo digno de verse alguna vez en la vida. Marisol Flores es guía en Yavi. Pueden preguntar por ella en la Municipalidad (vive a una cuadra) o en la Casa del Marqués. Es una de los jóvenes que buscan capacitarse y luchar por y desde su lugar de origen. Puede mostrarles lugares bellísimos y contarles historias que emocionan. Su esposo es albañil, y casi nunca está en ese pueblo donde la construcción no es el negocio más rentable. Ella alterna su trabajo con turistas con los propios del campo. Como heredera de una tradición familiar de amor al trabajo, su hija mayor (10 años) talla en relieve las figuras ancestrales que su madre muestra en la piedra. Bajo el ala de su sombrero, su sonrisa pone una nota de dulzura en el paisaje puneño: "Marisol es un sol" dicen muchos viajeros… y no se equivocan. Doña Lidia es la cuidadora de la iglesia de Yavi. "Es peor que un bull dog" le digo a mis pasajeros para ejemplificar claramente el celo que pone en su tarea: su sonrisa desaparece instantáneamente si alguien saca una foto con flash o toca algo y el reto no se hace esperar. Es conciente de la enorme responsabilidad que tiene en sus manos: tesoros invaluables que no deben perderse ni deteriorarse. Vale la pena hablar con ella para conocer más de esa pequeña joya perdida allá lejos, en nuestra frontera norte, en un hermoso lugar donde pocos llegan y muchos desconocen. Los invito a visitarlas (si quieren digan que van de parte de Oscar), pero con una recomendación: a la hora de la propina seamos generosos; tratémoslas como lo que son: trabajadoras que merecen una retribución digna por el tiempo y los conocimientos que nos brindan (¿cómo valorar lo que hacen y lo que saben?). Recordemos que esas Mujeres (si, con mayúsculas) mantienen viva nuestra soberanía en lugares donde pocos de nosotros nos animaríamos a vivir… ![]() ![]() Marisol Flores (Yavi) ![]() Mauricia Lamas (Hornaditas) ![]() Miriam Puca (Hornaditas)
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